vendredi, décembre 09, 2011

Todos eran mis hijos

¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar?
¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para seguir manteniendo un status de vida alcanzado, una imagen de cara a la galería?
¿Seríamos capaces de vivir cargando con una mentira? ¿No nos importaría?

En “Todos eran mis hijos” (1947) Arthur Miller nos plantea una serie de cuestiones morales a través de unos personajes que, en tres actos, deberán decidir cómo seguir con sus vidas después de tomar conciencia de una verdad solapada hace años. La ambición, la responsabilidad y la culpabilidad sobrevuelan la integridad moral de los personajes, aparentemente tranquila, un domingo cualquiera.

La acción se desarrolla en el jardín trasero de una preciosa casa, marco incomparable donde se cumple el sueño americano y donde se esconden, además, las miserias más íntimas.
El drama comienza con el sonido del viento y la caída del árbol que representa el hijo desaparecido de los Keller durante la Segunda Guerra Mundial. Una escena rápida, oscura, fantasmal, casi de pesadilla, que será preludio del final, pero que contrasta con la sensación de paz y serenidad de la mañana de domingo en que se desarrolla la primera parte de la acción.

Joe Keller (Carlos Hipólito), el padre, lee tranquilo el periódico sentado en un banco de su jardín y habla animadamente con sus vecinos. Kate (Gloria Muñoz), la madre, simpática y planificadora, entra y sale de casa a través del porche, a la espera de que despierte Ann (Manuela Velasco), la novia de Larry, su hijo mayor, piloto desaparecido tres años antes. La joven ha vuelto para pasar el fin de semana con ellos. Con ellos y, especialmente, con Chris (Fran Perea), el hijo menor de la familia y que ha decidido pedirle matrimonio.

Toda la trama gira alrededor de la figura del hermano mayor. Para Kate, su hijo Larry sigue vivo y se empeña en ver señales que lo confirman en cualquier cosa: cartas astrales, la noticia del encuentro de un soldado en el periódico, el regreso de su novia… Atendiendo, no obstante, al simbolismo quizás lo más sensato para ella habría sido comprender que su hijo ya nunca volvería, del mismo modo en que el viento quebró el árbol que él había plantado años antes.
Para el padre y para Chris, es el momento de aceptar que murió durante la guerra. Especialmente para el chico, que desea casarse con Ann y que su madre lo acepte sin ver en ello traición alguna a Larry.

Pronto descubrimos que Joe Keller y el padre de Ann habían sido socios durante la guerra fabricando piezas para aviones de combate. La competencia y la prisa en los periodos de entrega les llevaron a enviar una partida de piezas defectuosas que, instaladas en los aviones, causaron la muerte a veintiún soldados. El padre de la chica cumple condena en la cárcel desde entonces, mientras el cabeza de familia de los Keller sigue viviendo una apacible vida en un entorno de ensueño y, aunque siempre se sospechó que él también era culpable, nunca pudo demostrarse nada.
Una llamada de teléfono de George, hermano de Ann, que casualmente visita al padre en la cárcel por primera vez en todo este tiempo de condena y el aviso de éste de que llegará en breve para hablar, cierran el primer acto. George está decidido a restaurar el honor de su padre, chivo expiatorio de una decisión tomada realmente por Joe Keller.

Hasta ese momento, Chris se nos había presentado como el heredero perfecto del clan familiar. Ni Ann ni él mismo estaban dispuestos a perdonar al padre de la chica por haber sido responsable de la muerte de aquellos pilotos. El propio Chris había dicho a la joven que tampoco podría perdonar a su padre si fuera responsable de la venta de aquellas piezas defectuosas. Pero el amable perfil de Joe no nos permite creer en su culpabilidad. No puede ser posible. Es un padre perfecto, un marido perfecto, un empresario de éxito que se ha sacrificado por el bienestar de su familia. Desborda la sensación de vértigo por no saber qué pasa ni qué se esconde bajo la alfombra familiar. La madre, aún con la certeza de la culpabilidad de su marido prefiere vivir sin aceptarlo, mintiéndose a ella misma. Sin embargo para todos ellos, asumir la culpabilidad del padre supondrá asumir también la muerte del hijo mayor.

Ann muestra una carta de Larry recibida unos días antes de que éste desapareciera. En ella, el mayor de los Keller muestra su abatimiento, su vergüenza en pleno proceso de investigación de la partida de piezas defectuosas de la empresa de su padre. Desilusionado tras comprobar qué tipo de hombre ambicioso y sin principios morales es, le dice a su novia que cuando le den por desaparecido ha de saber que no tiene que esperarle. Larry se sentía culpable por su padre y su muerte también ha de sumarse a la de los veintiún soldados. Cuando todo se revela comprendemos la fragilidad sobre la que se sustentaba esa supuesta vida perfecta y el sueño americano se hace añicos. Chris descubre que ha participado ciegamente en la creencia familiar de la inocencia del padre, perdiendo, por completo, el amor idealista que siente por él. “No es que seas peor que los demás” le dice “es que yo creí que eras mejor”. El engaño hace que toda su vida, sus ilusiones, sus esperanzas, caigan como un castillo de naipes. ¿Cuál es su lugar ahora? De nada sirve el intento del padre de justificar sus acciones para ofrecer a los suyos una vida acomodada. ¿Mereció la pena entonces sustentar aquella mentira? ¿No habría sido mejor, más honesto, aceptar la culpa del error cometido?

Al final, Chris grita, puro idealismo, mientras su padre entra en casa: “Puedes ser mejor”.
Drama absorbente desde el primer minuto y de una emocionante intensidad cuya velocidad va in crescendo en una hermosa puesta en escena (inolvidable luz entre los álamos del jardín) y geniales interpretaciones, especialmente las de Carlos Hipólito, fantástico y Gloria Muñoz, espectacular. Fran Perea de fuerza y presencia escénica inesperadas. Auténtica Manuela Velasco también.

Recupero aquí un poco más del texto final de Chris: “Deberíais comprender de una vez para siempre que el mundo no acaba en el límite que quieren imponerle vuestros mezquinos egoísmos. Que la tierra está habitada por seres humanos y que todos somos responsables frente a todos.”

2 commentaires:

M. a dit…

Me ha gustado esta mezcla de crítica teatral y resumen de la obra.
Para mi vergüenza hace años que no voy al teatro y me gustaría ver esta obra si viniera por Barcelona.
Me han gustado las frases que has entresacado y que son aplicables a tantos momentos.
Me ha gustado como siempre.
Un besillo mademoisselle.

Alex a dit…

Vi la versión cinematográfica hace muchos años, con Burt Lancaster y Edward G. Robinson, de presencia tan escueta como poderosa. La película, lastrada por su origen teatral, peca de inmovilismo. Demasiado estática, demasiado manierista. Aun así, la fuerza del texto original es notable. Como ocurre con "Muerte de un Viajante" o "El Crisol", obras de Miller llevadas al cine con similares resultados. En todas ellas subyace la culpa, y ese juego de apariencias que marca el éxito social, o al menos determina el estátus a mantener.

Debió ser una tarde-noche memorable. Envidiada eres.